Hoy me desperté con su imagen en la cabeza: mi abuela y yo unidas en manos y en miradas. Yo sabiendo que se iba para siempre, ella sabiendo que era así. Buscándonos en nuestras pupilas, unidas como nunca antes por el delicado y débil hilo de una existencia que había tenido la fortuna de coincidir con la otra. Lo que ella y yo nos dijimos en ese instante no tiene traducción en este mundo pues dispone de algo de divino y extraterrenal; y de todo aquello que se siente cuando una persona está al final de su vida y al principio de su muerte.
Merodeaba por toda la casa como un fantasma viendo los rostros… viendo cómo mi tío –tras el segundo uno en que la abuela se fue- cogía su retrato y lo miraba atentamente, marcando una línea en el tiempo entre el “antes” y el “después”: la persona más importante de su vida era pasado. Miradas… Horas antes yo había aprovechado la ausencia de personas en la habitación de mi abuela para tener mi momento: me acerqué a ella, cogí su cariñosa mano (con sus uñitas pintadas del color rojo que había elegido mi hermana pequeña semanas antes) y nos miramos en silencio, hablándonos en silencio y sintiéndonos en silencio. Hacía más de 15 años que mi abuela había dejado de hablar y nunca había sentido que sus palabras hicieran falta para saber quién era. Sé que ese momento nos unió para siempre. Al día siguiente, desperté sobre la cama de mi madre tras escuchar algunos gritos. Apresuradamente, mi prima y mi hermana mayor vinieron a decirme que durmiera, una vez más, para protegerme. Yo las aparté serena y me dirigí al cuarto de mi abuela: acababa de morir y me encontré un cuerpo pálido e inerte rodeado de personas. A pesar de haberse ido lejos, yo seguía estando más cerca de ella que de aquel lugar: seguía siendo un pequeño fantasma habitante de la casa.