Estoy rodeada de éxito. Mis contactos en redes sociales – en su mayoría activistas feministas- también parecen estarlo. Parimos proyectos, publicamos, damos a conocer nuestras nuevas aventuras, hablamos de trabajo, de creatividad, de cursos, de nuevas metodologías, de sororidad, de blogs… Me incluyo. Por supuesto… Joder… ¡qué bien le va a la gente y qué bien me va a mí! ¡Cada plato que sale de mi cocina es una celebración y un akelarre que todo el mundo debería recibir como una iniciativa subversiva, ¡por supuesto! Porque yo todo lo que hago lo hago con perspectiva. Tengo la perspectiva de género metida en el coño. Me sale, así… Desde la espontaneidad…
Es broma.
Aunque creo que como feministas podríamos ocuparnos más a menudo de romper paredes y de mostrar qué hay detrás de nuestros logros, qué hay detrás de las apariencias, qué hay detrás de nuestras vidas y, en definitiva, arriesgaros a hablar de las partes oscuras y dolorosas que nadie quiere mostrar para desmantelar esa imagen de éxito y sin conflictos internos y externos… Aunque creo que la barrita que separa los términos binomios es la pared que hay que derribar. Aunque crea que esa labor forma parte también de la lucha contra el ideal heteropatriarcal y falso de sociedad que pretende hacernos ver que todo está bien… Aunque realmente creo en esto, no se da. Más bien lo contrario: la ausencia de expresión pública de nuestro dolor, trabas, situaciones económicas en nuestros muros y conversaciones públicas, a mí particularmente me ha hecho sentirme sola y estúpida cuando expongo lo “verdaderamente personal”: aquello que me agobia y me duele. Como como decía Despentes- no es cierto, ni siquiera creo que exista esa imagen de ascendente personal que proyectamos.
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| Imagen de Pawel Kuczynski |
Hace una semanas, muy dolida con el mundo porque soy asquerosamente sensible y todo me afecta… acudí a una amiga para derramar mi rabia y mis ganas de desaparecer. Ella me dijo algo bonito: “a mí me pasa que cuando te leo, se me quita la soledad”. Hablábamos precisamente de escribir sobre nuestras mierdas. De exponerlas… Volví a caer en la palabra “referente” y en lo importante que es para nosotres y ya no en el sentido tradicional que le damos: referentes de personas que tienen éxito al hacer lo que le gusta o que simplemente siguen su camino con mayor o menor autenticidad. Referentes de personas que nos marcan caminos diferentes a los andados. Esos también pero no esos. En esta ocasión, la palabra me resultaba tremendamente importante desde otro punto de vista: referentes para sentirnos acompañadas en nuestras mierdas, para abrazarnos desde la lejanía, para no sentirnos tan raras ni nos den ganas de –a veces- desaparecer. Referentes de dolores y de lágrimas y de pobreza… Importantes referentes para no sentirnos más bichas raras. Para que no nos sintamos tan sororamente solas. Para decir "oye mira, también le pasa a ella. Vamos a unirnos".
Yo, que tengo 33 años y estoy actualmente desempleada y buscando el camino para dejar de sentirme culpable y disfrutar de ello. Que he enfermado últimamente de estrés y siento el cansancio en cada parte de mi cuerpo, que no sé lo que es no vivir en la precariedad y la inestabilidad o sin llevar doscientas iniciativas a la vez, que he sufrido
