viernes, 17 de febrero de 2023

Entre Mercurio y Cometa

 

Foto de Nikita Grishin


Hoy he pasado, como tantas veces, por delante de tu casa. Por primera vez me he fijado en el número de tu puerta. Vives en una calle que tiene dos nombres diferentes en sus extremos: Mercurio y Cometa.

He pensado al verlo que aprendemos antes nuestros nombres de usuarias de Instagram o incluso los números de nuestros teléfonos móviles que la dirección de nuestras casas. Es el paradigma de un momento en el que difícilmente nos detenemos a escribir cartas. Y yo he sido tanto de cartas… De escribirlas a las amigas. De entregarlas entre clase y clase. De intercambiarnos poemas como hojitas de olor:

“De tu ventana a la mía

Hay una cinta azul celeste

…”.

De usar el papel para plasmar algún mensaje metido entre floripondios y exageraciones aristocráticas. Al punto Las amistades peligrosas pero con la peligrosidad propia de un oso de peluche jugando a ser malote. Sabiendo perfectamente que aquella no es su naturaleza.

Con todo, no vamos a decir que tú y yo vivimos atrapadas en un mundo tecnológico al que no pertenecemos. Del que nos sentimos totalmente enajenadas. Una vez, hermana, fuimos capaces de revolucionar toda una calle con nuestros creativos e innovadores inventos rudimentarios. Una vez nos pedimos una muñeca que movía los labios a la par que nosotras cantábamos desde un micrófono que se enchufaba a la susodicha.

No nos disgusta tampoco la inmediatez que nos permite escribirnos un Whatsapp para, sin haberlo planificado previamente, ir ambas al centro o a hacer la compra.

Tampoco nos disgusta lo digital cuando de reír y hacer reír se trata. Para hacer esas imitaciones y esos vídeos en Tiktok que te dan tanta vidilla. A ti que eres tan folclórica. Para decirme llorando como hace un día: “Mari… se me acaba de ir”.

Sin embargo,  ni tu mundo ni el mío se reduciría solamente a eso llegado el caso. Estaríamos bien ambas sin un teléfono en la mano. Somos conscientes de que viviríamos, incluso, mucho más serenas.

En el fondo, toda esta sobreinformación nos altera. 

Tú y yo hemos disfrutado más una caminata en el pinar, condimentada por una de esas charlas existenciales que nos gusta marcarnos y que cada vez nos lleva a conclusiones más inhóspitos: “así es la vida”. 

Y, a pesar de todo, de sentir las dos que nos tocó lo difícil demasiado pronto. Que a veces parecemos estatuas de sal ante el devenir de los demás desmoronándose. A pesar de estar de ida y vuelta en bucle del dolor. De la ausencia de mamá. De todo lo que nos revienta cada día; estamos retornando a una extraña nueva infancia. En parte, conscientes de cierto desprecio hacia la vida adulta que no nos ha tratado demasiado bien en algunos aspectos.

Ver que vuelves a jugar. Sentir tu entusiasmo entre un grupo de mujeres tocando un bombo. Presenciar tu florecer después de haber conocido tu cuerpo quebrado por la desconexión y la pena. Preguntándose “a qué vine. Por qué me tuvieron. Quién me abraza”.

No haber tenido consciencia de mi existencia sin que tú ya estuvieras al lado. Encorajarme contigo de chica. Pero crecer a tu lado. Saber quererte luego. 

Verte. Que vuelves. A jugar. Con una mirada que ni de niña te vi. Con las lecciones desaprendidas y el cuerpo en marcha. 

Estar aquí contigo, hermana. Saber en el fondo que, en parte, tú siempre fuiste uno de los grandes amores de mi vida. Experimentar cómo tu risa riega mis plantas y tu brillo hace eco en mis raíces. Cómo me las revolotea y me las agita y me las levanta. Llegar hasta la copa, también, contigo.

Saberte renacida reduce los instantes que creí equivocados.

Mi hermana vive entre la calle Mercurio y la calle Cometa.

 

  

jueves, 3 de noviembre de 2022

Las lágrimas de la Macarena

Clip del vídeo de la acción de Mujeres de negro: abajo


El fascista Queipo de Llano ya está fuera de la Macarena. Enterrado con honores en uno de los emblemas eclesiásticos más potentes de la capital sevillana, al patriarca no se le entiende en este sur local sin su principal aliado: el nacionalcatolicismo. El lema de la España libre, grande y única ha aplicado violencia con saña durante siglos sobre una tierra contaminada de una diversidad que “la única” no quería.

El pueblo andaluz ha llevado en sus hombros a deidades bajándolas a la tierra en su sensitiva cultura popular: pozo de lamentos permitidos. Enredando en identidades múltiples. Invocando la magia, el incienso, el arte canallesco, el vuelo de una mano o la música. Tomó esa manera como vía de escape. Meciendo a la Macarena en su carne de escultura y haciendo del relío entre iglesia y calle un suspiro para la supervivencia.

Pero cuánta sangre derramada. Cuánto dolor, silencio y cuánto lenguaje alternativo y resiliencia.

El otro que toda patria necesita para constituirse encontró cuerpo y alma en territorio andaluz. De aquí salieron barcos monstruosos pero no nació aquí su proyecto político. La historia, sin embargo, no nos quita privilegios que hacen frontera y se mecen entre precariedad, turismo y exotización.

La capital andaluza es un rebujo de oralidades y expresiones corporales en constante resistencia popular: la expulsión del pueblo gitano del barrio de Triana. Su lección al mundo en el espectáculo que documentó Triana pura y pura en el que se reunieron para bailar y celebrar los oficios y la comunidad arrebatada. Su supervivencia.  Los barrios comunitarios y sus modelos de convivencia. Las corralas utopías.

Pero también las plazas donde aún resuenan los gritos de la Santa Inquisición a las que el fascismo volvió con simbolismo y nostalgia. El quejío de las brujas detrás de los muros del catolicismo. Mujeres cotidianas sublevadas contra el yugo de un marío. Lo considerado abyecto condenado a la nocturnidad. La disidencia siendo dejada únicamente si se convertía en espectáculo para las masas selectas: entretenimiento para la gente del gran poder. Cultura para una España que te considera cateta. A mucha honra si el término huele a pueblo.

Cuando en la madrugada leo que Queipo de Llano fue, por fin, exhumado lo primero que recuerdo es a un grupo de mujeres andaluzas zapateando sobre su tumba en una acción política.  Mujeres de negro cambiaron las calles de los asesinos por los nombres de las mujeres a las que el militar alentaba a violar en sus discursos radiofónicos. Lo simbólico atravesando el cuerpo: sin separación alguna. De la mano.

Creo que así lo entendemos nosotras.


En las intuiciones que heredé de nuestras muertas-vivas siempre sentí que Andalucía es despreciada por encarnar a “la otra” pero también por su cosmovisión del mundo. Su manera de entender y vivenciar el cuerpo, su cultura viva. Subversiva es su forma de acariciar los sentíos, de experimentar la maceta y el geranio. Su poesía de lo ordinario. Su imposibilidad para separar la vida en categorías duales y excluyentes.

domingo, 23 de octubre de 2022

Autoboicot

 


Desconfío de la palabra y del medio. Si es que celularmente he llegado a vivir tanto, esto es una cosa en mí ya milenaria: La desconfianza. 

Cuesta abrir las puertas a la ternura y a la curiosidad atenta entre tanta publicidad y tanta marca.

Lo que me taladra el estómago no puede sobrevivir en el baile de un dedo índice pasando pantalla. 

No podría meterte ahí. No podría someter mis sensaciones contigo a esa maquinaria. A esa inmediatez sin vísceras.

Te imagino en las nanas profundas y los potajes lentos. 

No me queda otra que tener fe en la materia. Todo lo demás es entrar al tú dices y luego yo digo. Y luego tú dices y luego yo digo. Un decir constante que no está diciéndonos absolutamente nada. Que no para de darnos vueltas alrededor de una ausencia.

Después de tantos paradigmas vividos desde aquella crisis que sostenía en brazos a la otra, leerte entrecomillada entre estos muros me carga en polaridad y guerra. Convertimos las palabras en caricias que se defienden de ellas. 

No puedo entrar y lo sabes. 

El intento de contacto se parece cada vez más a un exilio.

No es justo que, entre tú y yo, sólo sobreviva una frustración estratégicamente moldeada y adelantada. Generada por una necesidad de hacer del autoboicot un lugar identitario.

Siendo justas, no lo es que únicamente sobreviva una distorsión de nuestros miedos más profundos. Que en la encarnación de nuestras imaginerías hayamos sido tan cobardes como para no postrarnos ante la verdad y reconocer que pudimos inventarnos también de otras formas. Que estar bien armada contra el rechazo no hace que nuestros gigantes sean más ciertos.

Cierto también es que pudo haber sido y nos hemos chantajeado hasta decir basta. Y, honestamente, siento que hemos perdido ambas.  Y que sólo nos encontraremos cuando dejemos de buscarnos entre tanta censura y tanto llanto.

 

martes, 4 de octubre de 2022

Un parque temático llamado amistad. Cuerpo a cuerpo con Las de la última fila.

Foto de la serie Las de las última fila.

Este escrito puede contener Spoilers


Sala de actos de la Universidad de Cádiz. Años atrás. Una conocida teórica feminista imparte una conferencia sobre amistad entre mujeres mayores. Todo muy coherente, blanco e impoluto. No hay mocos en su narrativa. Ni historias que hablen del drama de los cuidados que tantas asumimos con resignación cuando nos hacemos mayores (antes también). Nada de la vulnerabilidad. De la interdependencia.

Nada de qué ocurre con nuestras amigas que se encuentran fuera de relaciones normativas por elección o no. Nada de nuestras amigas que viven en la precariedad. La palabra clasismo se nos pasa por la cabeza a las presentes. La palabra norte también  y, aunque sabemos que hay muchos sures en los nortes, las del sur local estamos atravesadas por alguna cosilla. Un algo, un deje, un quejío incluso. Un drama distinto. La realidad de la cuidadora nos interpela de una manera bestial. Esa realidad nos atraviesa muchísimo.

Una mujer mayor levanta la mano y dice:

Todo eso está muy bien, yo también tengo redes, pero en realidad estoy sola. Y me hago mayor y cada vez estoy más sola. No estoy en pareja. Con mi familia es complejo. Mis amigas están muy lejos de ser una alternativa diaria que sostenga más allá de algún café semanal. Me hago mayor y la soledad parece ser mi irremediable destino feminista.

Recuerdo que en ese momento lo que separa teoría de vida fue un abismo. La impotencia y el silencio de la sala ante esa soledad evidenciaba lo que sin más se asume como resignación agachando la cabeza. Parece que hemos decidido no poder hacer nada. Un día, algunas de nosotras seríamos ella.

Es un duelo esto. Un duelo ¿feminista? profundo y tirano. Una lucidez que a veces no la quisiéramos. El darte cuenta y abrir los ojos. El saber que no somos iguales todas: ante la vida, ante los cuidados, ante todo. Que hemos estado algunas produciendo y produciendo y produciendo pensamiento feminista (y+) para traducirnos a nosotras mismas y a nuestros orígenes y circunstancias para, al final, acabar presenciando lo que, incluso con este entramada teórico, se nos viene encima.  

Como Bob Pop ha dicho en alguna intervención, “los escritores sólo somos bufones de los ricos”. Sin compartir al cien por cien esta afirmación, sí siento que los sentires y pensamientos de quienes pedíamos a gritos una explicación y una cura a las violencias sistémicas, corren el peligro de convertirse en un producto cultural y nada más que eso. No una casa que sostenga en el asfalto de lo real, la soledad de aquella mujer y de nosotras. 

Productos culturales que no negaremos han sido hogar para nosotras pero que resultan insuficientes si no descentralizamos los afectos normativos de manera colectiva para construir un gran sostén y llevarnos a la práctica en una casa enorme para vivir como en el libro de Cristina Morales: sin amos, sin dios, sin maridos y “sin partidos de fútbol”. ¿No se trataba también de eso? ¿De vivir?  

Como dice mi amiga Anita, el papel lo aguanta todo. Actualmente, para muchas, el feminismo no se ha traducido en una alternativa vital real y la agonía por la supervivencia se siente, la mayoría de las veces, de manera privada.

Sin restar importancia a lo difícil que resulta hacerlo: vivir a la contra… también necesitamos muchas verbalizar esto porque, al final, a quienes se les cae el cuento encima de manera rotunda no es a todas. No, al menos, por igual.

Las que de alguna forma estamos fuera de las redes normativas de afectos: las raritas, las disidentes… no vamos a vivir en un producto cultural (ni siquiera en el nuestro) y mucho menos en series como la de Las de la última fila y deseamos que tanta producción se traduzca en algo. 

Qué leídas somos y qué solas estamos.

Imagen de la película Solas 

Vivenciar el desesperanzado desenlace de este producto Netflixiano resulta crudo para quien espera una amistad más allá de lo impostado y artificioso. Sin embargo, hay una mijilla de real en él: la supuesta amistad que estas amigas se procesan es un golpe en la cara de lo que seguimos poniendo en el centro tanto en nuestras narrativas como en la vida. La reacción de mucha gente dando la bienvenida a este producto lo confirma.

martes, 11 de octubre de 2016

Sororamente solas | Huelga de éxitos


Estoy rodeada de éxito. Mis contactos en redes sociales – en su mayoría activistas feministas- también parecen estarlo. Parimos proyectos, publicamos, damos a conocer nuestras nuevas aventuras, hablamos de trabajo, de creatividad, de cursos, de nuevas metodologías, de sororidad, de blogs… Me incluyo. Por supuesto… Joder… ¡qué bien le va a la gente y qué bien me va a mí! ¡Cada plato que sale de mi cocina es una celebración y un akelarre que todo el mundo debería recibir como una iniciativa subversiva, ¡por supuesto! Porque yo todo lo que hago lo hago con perspectiva. Tengo la perspectiva de género metida en el coño. Me sale, así… Desde la espontaneidad… 

Es broma.

Aunque creo que como feministas podríamos ocuparnos más a menudo de romper paredes y de mostrar qué hay detrás de nuestros logros, qué hay detrás de las apariencias, qué hay detrás de nuestras vidas y, en definitiva, arriesgaros a hablar de las partes oscuras y dolorosas que nadie quiere mostrar para desmantelar esa imagen de éxito y sin conflictos internos y externos… Aunque creo que la barrita que separa los términos binomios es la pared que hay que derribar. Aunque crea que esa labor forma parte también de la lucha contra el ideal heteropatriarcal y falso de sociedad que pretende hacernos ver que todo está bien… Aunque realmente creo en esto, no se da. Más bien lo contrario: la ausencia de expresión pública de nuestro dolor, trabas, situaciones económicas en nuestros muros y conversaciones públicas, a mí particularmente me ha hecho sentirme sola y estúpida cuando expongo lo “verdaderamente personal”: aquello que me agobia y me duele. Como como decía Despentes- no es cierto, ni siquiera creo que exista esa imagen de ascendente personal que proyectamos.

Imagen de Pawel Kuczynski


Hace una semanas, muy dolida con el mundo porque soy asquerosamente sensible y todo me afecta… acudí a una amiga para derramar mi rabia y mis ganas de desaparecer. Ella me dijo algo bonito: “a mí me pasa que cuando te leo, se me quita la soledad”. Hablábamos precisamente de escribir sobre nuestras mierdas. De exponerlas… Volví a caer en la palabra “referente” y en lo importante que es para nosotres y ya no en el sentido tradicional que le damos: referentes de personas que tienen éxito al hacer lo que le gusta o que simplemente siguen su camino con mayor o menor autenticidad. Referentes de personas que nos marcan caminos diferentes a los andados. Esos también pero no esos. En esta ocasión, la palabra me resultaba tremendamente importante desde otro punto de vista: referentes para sentirnos acompañadas en nuestras mierdas, para abrazarnos desde la lejanía, para no sentirnos tan raras ni nos den ganas de –a veces- desaparecer. Referentes de dolores y de lágrimas y de pobreza… Importantes referentes para no sentirnos más bichas raras. Para que no nos sintamos tan sororamente solas. Para decir "oye mira, también le pasa a ella. Vamos a unirnos".

Yo, que tengo 33 años y estoy actualmente desempleada y buscando el camino para dejar de sentirme culpable y disfrutar de ello. Que he enfermado últimamente de estrés y siento el cansancio en cada parte de mi cuerpo, que no sé lo que es no vivir en la precariedad y la inestabilidad o sin llevar doscientas iniciativas a la vez, que he sufrido

miércoles, 5 de agosto de 2015

Demasiado adiós

Una vez escuché que "crecer es aprender a decir adiós". Supongo que eso tiene algo que ver con la necesidad de aceptar y soltar. El caso es que ha llegado un momento en mi vida en el que me doy cuenta de que estoy diciendo adiós muchas veces y de manera muy seguida. 

También por una cuestión de edad, dices adiós a quienes ya se hacen mayores y aceptas; incluso te adelantas al sentimiento cuando algo puede pasarles. "Es ley de vida", te dices; y sigues aceptando. Así, te visualizas viviendo sin esa persona. ¿Cómo será mañana? Y te imaginas viviendo tu vida desde otros esquemas [desconocidos], desde otras miradas pero consciente de que -aunque en estos casos concretos aprendamos a decir adiós- interiormente sentimos que hay piezas del puzzle que nos faltan y que aceptamos -de nuevo- pero que nos seguirán faltando. 

También oí, una vez, que cuando una de las personas más cercanas de tu vida fallece es como si te quitaran una parte del cuerpo. Suele ocurrir con aquellas personas que ya estaban ahí en el momento en que empezaste a tener consciencia. 

Luego hay otros adioses de los que sabemos que tarde o temprano nos recuperaremos. Son adioses que nos posibilitan cambiar y ser mejores, que nos invitan a superarnos, a mantenernos en pie y hacernos más fuertes. Adioses que sabemos que, si no se produjeran, detendrían nuestro "progreso", nuestro estatus espiritual a un nivel superior; ya que, sin ellos, no podríamos avanzar. En este caso, este adiós esconde un "hola" hacia otra parte. No es ley de vida como la muerte pero es un adiós "elegido". 



Y, por último, están esos adioses de espacio. Personas que no desaparecen ni se van de tu vida pero que jamás volverán a estar donde solían hacerlo, en los lugares donde compartisteis la experiencia. Son relaciones que se tejen en un espacio creativo concreto, durante un tiempo y una circunstancia determinada. Seguramente os volveréis a encontrar en un café o en una charla, pero nunca jamás en aquella rutina al que el adiós dijo adiós. 

Este último adiós siempre me ha resultado complicado describirlo y es el que ha estado más presente en los últimos tiempos. Se trata de un adiós demasiado consciente y circunstancial. Se trata de un adiós que, en la situación actual de pobreza espiritual en la que nos encontramos y en la que las diferentes "empresas" se encuentran, se ha convertido en demasiado habitual, demasiado recurrente. Es un adiós que te hace cerrar ciclos a trompicones. Jamás volverá a repetirse ese momento, esa rutina, ese día a día cuando una persona "decide" abandonar "el espacio" conjunto de creación. O cuando otrxs deciden que "debe abandonar "la casa" atendiendo a razones económicas ya irracionales, ya insostenibles. No son "ley de vida". Son ritmos mezquinos que se construyen sin miramientos, sin medida.

Hay momentos en la vida, como estos en lo que vivimos, en los que asumes demasiado adiós. A veces ocurre tan rápido que tienes que gritarle a la vida:

"¡Acepto! Pero déjame tener corazón. Párate por un segundo. Déjame llorar este adiós". 

Pero la vida sigue y hacen que siga. Hacen que nada pueda detenerla. Y tú te sientes débil y estúpida por no ser esa persona que avanza sin contemplaciones, que acepta sin contemplaciones, que accede a la deshumanización de la maquinaria sin contemplaciones. Estúpida por no querer aceptar sin detenerse un segundo a llorar el adiós. 

Así que, escribiendo esto, he querido burlar al mundo haciendo parón. Me he tomado la libertad de detenerlo. No quería continuar avanzando hacia otros adioses. No me apetecía agarrarme a los ritmos absurdos de adioses que nos impone desde el afuera este capitalimo agresivo de inestabilidades y miserias. No me apetece acumular este ritmo de adioses no sostenibles. 

Necesito poder acostumbrarme a sus caras, necesito poder tomarles afecto, necesito aprenderme sus nombres y conocer sus vidas, necesito sentir que somos un equipo. 


Necesito saber que se quedan.  



* A quienes se fueron y a quienes se irán. A quienes tuvieron que irse porque aquí no había nada que ofrecerles. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

Cómo ser quien eres

Hay obras que llegan a tu vida justo en el momento oportuno. Es esto lo que me ha ocurrido con El cuaderno dorado de Doris Lessing. La sensación es parecida a la de mirarse en un espejo mágico en el que todos los cuestionamientos que una vez te hiciste vuelven a la escena. La obra vino a decirme que no soy más que, precisamente, esos cuestionamientos que me hago junto a mis puntos innegociables: que no soy más que los lugares irrenunciables en los que mis valores han decidido tomar reposo y sentarse. 

Doris Lessing nació en 1919 en Persia. En 2007 recibió el premio Nobel de Literatura. Se crió y pasó la juventud en Rodesia (hoy Zimbabue), hasta que en 1949 se mudó a Londres. Además de una indiscutible calidad literaria, su obra respira la fina y lúcida crítica al as desigualdades raciales, sociales y de género. Lessing murió el 17 de noviembre de 2013.


Después de cada tormenta es necesario hacer una revisión de esos valores. ¿Qué partes son mías y cuáles pertenecen a otras personas? ¿Qué miedos traje conmigo y cuáles heredé de otras personas? A todas luces estos pensamientos, en principio, no parecen llevarnos a nada puesto que aquello que somos no es diferente a todo aquello que hemos ido adquiriendo de otras tierras, reflexiones, leyendas, ficciones, gentes… 

Sin embargo, hoy y un poco cada vez más, estoy en desacuerdo con este pensamiento y empiezo a pensar que esto de que el ser sea sinónimo a todos los revestimientos que nos vamos poniendo encima, suena a poco control y a mayores cargas. Entiendo -y así es como lo quiero entender- que el camino pasa por desandar lo andado y por aquello que hemos bautizado y llamado tantas veces desde las teorías de género. Ese “palabro” extraño y preciso llamado “deconstrucción”.

Cada vez que entramos en una crisis de valores nos encontramos vacilando sobre qué tipo de personas seremos. ¿Seremos la persona que elige esto o la que elige esto otro? ¿En qué piel nos sentimos más a gusto ahora? Hacerse preguntas no es que esté bien, es que es lo justo pero, dando un paso más allá, no estaría de más pararnos a pensar en qué tipo de preguntas nos estamos haciendo y en cuál es la razón de que nos las hagamos. Pues, y ahí creo que ha estado la trampa en mi vida, preguntas equivocadas llevan a respuestas equivocadas. 

En definitiva, nuestra sociedad ha convertido la capacidad de hacerse preguntas en un enorme slogan publicitario basado en la idea de “libertad” en la que podemos elegir entre diferentes marcas, profesiones, sitios para comer y lugares donde pasar nuestras vacaciones. La cuestión es que estamos tan ocupadxs contestando estas preguntas que nos hemos olvidado de las realmente importantes. 

En mi caso particular, estaba tan ocupada alcanzando objetivos diarios que me olvidé que, entre mis valores, éstos concretos nunca habían sido importantes. La pregunta fue entonces, ¿quién ha puesto esos objetivos ahí? ¿Quién los ha puesto? No voy a perseguir objetivos que han puesto ahí para sí otras personas. No son míos, no me pertenecen. Soy yo la que marca mis tiempos.

"Cosifícate, mézclate conmigo"


Y entonces leí un pasaje de la obra de Doris Lessing que simplemente me dolió con su claridad insultante y con la bofetada de aire fresco que me tiró a la cara: ¿hay una forma de explicarlo más impactante?


Poneos en situación (ahí va un spoiler literario): cuatro personas en la sala

sábado, 26 de julio de 2014

La salida. Cómo abrir la puerta hacia la nada...



A veces me pregunto si el resto del mundo se busca tanto como hace la gente que me rodea (incluyéndome a mí). Esa necesidad de encontrar un “yo auténtico” como si hubiera algo esencial o diferente del camino que, día a día, construimos.


Lo cierto es que, aunque estemos en ese momento vital en el que reconocemos que la vida es aquello que vamos creando; sigue prevaleciendo la constante búsqueda del tesoro: “y llegará ese momento en el que seremos, diremos, nos verán…” de una determinada forma totalmente indefinida en nuestro pensamiento.


¿Quiénes queremos ser y por qué nunca sirve lo que somos? Desde mi punto de vista está más o menos claro: el ser nunca es un estado presente, siempre es una proyección imposible hacia otra parte.


A menudo identificamos aquello que somos con momentos en los que, estando dentro de nuestros cuerpos, hemos experimentando algún tipo de bienestar. No obstante, esos instantes permanecen bien lejos de todo aquello que pasa por el rasero de nuestras reflexiones constantes. De alguna forma, nos sentimos bien cuando no pensamos, cuando nos hemos evadido de una manera tal que hemos olvidado quiénes somos. ¿Es por tanto el ser de nuestra búsqueda un estado de negación? Desde luego, no creo que nos construyamos a base de afirmaciones.







Me explico…


La pared blanca



El otro día hablaba con amigxs del concepto de “la nada”: visualizar el mundo como una enorme pared blanca donde no hay palabras, clichés, afirmaciones… donde nuestra identidad no está inscrita a base de todas estas palabrotas que forman nuestros interminables currículos en linkedin:


creativa, investigadora, community, escritora, etc…


En el Occidente hegemónico, ser es igual a hacer y nuestro ser del momento solo puede estar definido por la forma en que el resto del mundo decide nombrarnos.

Es decir, normativamente, cuando nos pensamos de una determinada forma de ser, lo primero que definimos es cómo vamos aparecer ante lxs otrxs. Esto es así porque a través del lenguaje (con sus consecuentes categorías) no existe ser si no hay consenso exterior, retroalimentación y reconocimiento. 

Volvamos a la pared blanca. En aquella conversación, mi compañera afirmaba que no sabía por qué, pero que lo cierto es que esa idea de no ser (de una pared blanca) le traía alivio y paz. Que si, de alguna forma, el camino hacia la libertad no era tal y como las y los existencialistas nos habían contado (la condena a elegir entre diferentes acciones); éste nos traía menor premura por recoger ese camino de elecciones constantes y sin medida. El ser como afirmación del no ser…

La difícil cuestión es cómo ser no siendo. Quizás pensar esto es ya tarea de más. Quizás, para encontrar una alternativa, basta simplemente con entender que no tienes que ser siempre algo o que no tienes que elegir siempre algo o que, en vez de plantarte ante el exterior (con todas esas múltiples falsas opciones) puedes simplemente desviarte del camino y respirar, poner la mente en blanco y no hacer en el momento en que todo el mundo espera que hagas, seas algo, te agites de una determinada forma…



Saber que. siempre que se pueda, descansar del mundo es una opción.

Parar la carrera, aunque sea la interna. Callar todas esas expectativas. Todo lo que nos han dicho que somos. Todo lo que, en algún momento de nuestras vidas, “debemos romper”.

Tire y empuje





El ejemplo perfecto lo tuve el otro día. Leí una frase que decía algo así como que pensamos 24 horas al día, los 365 días del año hasta que nos encontramos con una puerta que tiene un cartel que dice “empuje” o “tire”. En ese momento, somos capaces de pensar una mierda.

Para mí el lenguaje y aprenderse el guión antes de... tiene un efecto parecido a esto. Nuestro bloqueo ante el “empuje” o “tire” es por el hecho de que leímos antes de actuar. Sin el dichoso cartel, nuestro cuerpo se habría precipitado hacia a puerta, la habría tanteado, se habrían entendido sin mayor pensamiento y palabra y habría sabido hacia dónde se abría. Sin más. 

Pero siempre se intentan imponer antes las palabras en un afán por evitar el contacto con nuestros propios cuerpos y por controlar nuestras vidas con caminos marcados que a veces nos hacen llorar o dan miedo porque son tan tristes que en la propia marca ya podemos ver su principio y su final. 

Insertar mensajes es insertar miedo.

Me gusta pensar que mi vida puede ser un movimiento sin carteles. 


domingo, 11 de mayo de 2014

Mi primera muerte | 17 de junio de 2012

Hoy me desperté con su imagen en la cabeza: mi abuela y yo unidas en manos y en miradas. Yo sabiendo que se iba para siempre, ella sabiendo que era así. Buscándonos en nuestras pupilas, unidas como nunca antes por el delicado y débil hilo de una existencia que había tenido la fortuna de coincidir con la otra. Lo que ella y yo nos dijimos en ese instante no tiene traducción en este mundo pues dispone de algo de divino y extraterrenal; y de todo aquello que se siente cuando una persona está al final de su vida y al principio de su muerte. 

Yo contaba entonces con diez años de edad y con una tristeza infinita en la mirada. Parte de la familia –bajo el afán de protegerme- quiso evitar que yo viviera mi dolor de ese momento llevándome a fuerzas y a rastras lejos de todo lo que estaba ocurriendo. Sus grandes manos y sus formas de ver el mundo agarraban mis manos para arrastrarlas a un lugar al que yo no quería ir. Quería vivir el derecho a mi dolor. Sabía que el dolor era parte de la vida y me enfrenté a ellos pataleando, gritando, reivindicando mi sitio… No lograron mover mis “pequeños” pies de allí y fui la única niña de la familia que estuvo rodeada durante más de 24 horas de frases fúnebres, sillas en el patio, presencias… y de una habitación –la de mi abuela-, la de siempre… que se preparaba para ser lecho de muerte.


Merodeaba por toda la casa como un fantasma viendo los rostros… viendo cómo mi tío –tras el segundo uno en que la abuela se fue- cogía su retrato y lo miraba atentamente, marcando una línea en el tiempo entre el “antes” y el “después”: la persona más importante de su vida era pasado. Miradas… Horas antes yo había aprovechado la ausencia de personas en la habitación de mi abuela para tener mi momento: me acerqué a ella, cogí su cariñosa mano (con sus uñitas pintadas del color rojo que había elegido mi hermana pequeña semanas antes) y nos miramos en silencio, hablándonos en silencio y sintiéndonos en silencio. Hacía más de 15 años que mi abuela había dejado de hablar y nunca había sentido que sus palabras hicieran falta para saber quién era. Sé que ese momento nos unió para siempre. Al día siguiente, desperté sobre la cama de mi madre tras escuchar algunos gritos. Apresuradamente, mi prima y mi hermana mayor vinieron a decirme que durmiera, una vez más, para protegerme. Yo las aparté serena y me dirigí al cuarto de mi abuela: acababa de morir y me encontré un cuerpo pálido e inerte rodeado de personas. A pesar de haberse ido lejos, yo seguía estando más cerca de ella que de aquel lugar: seguía siendo un pequeño fantasma habitante de la casa.

jueves, 8 de mayo de 2014

El poder sanador de "mi arte"

Una vez escribí en mi diario: a veces siento que no hay nada en mí más poderoso que la música. Ni siquiera tú. Eso me hace sentir tan libre… 



Y de nuevo las palabras vuelven a mí...

Y lo hacen de una forma desconocida. Ni qué decir que yo he sido la gran enemiga de las palabras: siempre haciendo teorías desde los silencios (con palabras claro) y desconfiando de cada sentimiento y razonamiento al que intentamos dar forma –sin éxito- de manera completa desde nuestros escritos, frases, balbuceos incompletos…

Pero curiosamente hoy me reconozco en las palabras escribiendo aquí y escribiendo para el afuera. No me apetece escribir para mí y eso es porque le estoy dando un nuevo sentido a todo aquello que me atraviesa el cuerpo. Estoy convencida de que sirve para algo.

En estos días he leído a Susan Sontag. A la Sontag de 1964 a 1980. Estoy hablando, efectivamente de sus diarios publicados. Para quien quiera leerlo, lleva por título “La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez”. Este diario es mucho más "aburrido" que el anterior. Encuentras a una Sontag anclada en sentimientos, miedosa, con una excesiva planificación de quién quiere ser, con demasiadas ansias de ser alguien importante. A veces su existencia queda reducida al patetismo y a la excesiva dependencia hacia su amantes. Es como si no tuviera la capacidad de ser, simplemente, en el momento presente. Hay en ella demasiado de afuera y muy poco de “hacia dentro”. Apariencia… Como ella misma dice, pasa “una crisis de dignidad”.



Imagen de la cubierta



Esto le lleva a analizar sus actuaciones y aspiraciones y a buscar razones en su pasado: “Cuando era una niña me sentía abandonada, no querida. Mi respuesta fue aspirar a ser muy buena. (Si soy extremadamente buena, me amarán.) […] voy a ser extraordinariamente buena –y mereceré (atraeré) el amor – y procuraré la responsabilidad, la autoridad, el dominio, la fama, el poder”. Sontag lo llama a veces “un anhelo de virtud”.


No obstante, hace una serie de reflexiones que, como siempre, merecen la pena ser destacadas. Una de ellas habla sobre el arte y sobre esto mismo que decía: ¿debe servir para algo?


En una reflexión de 1966 Sontag habla de: “Tres etapas en la creación de una o-d-a [obra de arte] o un razonamiento escrito:

Concebirla
Realizarla
2ª) Entenderla
Defenderla

La gente da por supuestas las tres –pero no veo el sentido de esta tercera etapa póstuma.

Debería ser: deshacerse de ella
Siempre se está en otro sitio cuando se ha terminado –distinto- de donde se estaba cuando se comenzó.

¿Por qué d[debería] permanecer fija –lo cual s[ería] (hago una pausa aquí para decir que me encanta esa forma de escribir descuartizando y separando palabras. No le veo sentido a la escandalización ante la insumisión ortográfica) obligado para estar en condiciones de defender “justficiar, explicar c[on] convicción) lo que se ha hecho".

[Y acaba diciendo]

“Esta etapa es una tontería”

Picasso decía que “una obra de arte es un compendio de destrucción”.

Asimismo, Sontag sigue arremetiendo y traslada estos pensamientos a la tarea de escribir: “el escrito ("lamentablemente" usa el genérico) interesante es donde hay un adversario, un problema. Por eso Stein no es, al cabo, una escritora útil o buena. No hay problema. Todo es afirmación. Una rosa es una rosa es una rosa”.


Conectando ideas, vi que Bárbara G. Vilariño colgó esta entrada en el blog con la siguiente frase: "Lo malo es negar cualquier finalidad al arte. Y deberíamos preguntarnos sin rubor para qué sirve". Ver artículo .

¡¿Para qué sirve?! ¡Qué idea tan revolucionaria! Llevábamos años negando la función del arte; como si el proceso creativo nos fuera ajeno. Como si nuestra vida no fuera un reflejo de nuestras propias creaciones y destrucciones, de nuestro propio arte. Y lo hacemos, para mí clara y llanamente, para eludir responsabilidades. No somos creadorxs de nuestras vidas. Por tanto, no tenemos responsabilidad. Frase de Héroes del silencio (de nuevo el silencio): “la ingenuidad nos absuelve de equivocarnos”.

Negamos la creatividad (nuestro ser único en el mundo) porque nos da miedo coger el timón de nuestra existencia. Reconocer nuestro propio proceso creativo, nuestro caminar, nuestro estar en el mundo… Entender que, una vez que hemos hecho la obra, hay que destruirla: no defenderla ni defendernos contra viento y marea. Ésta es la única manera de no encontrar un lugar seguro. Es la única forma de salir de nuestro lugar de confort y la única manera de no quedarnos ancladxs en nuestros propios saberes que nos llevan a los mismos reconocimientos (de siempre).


Hoy, por ejemplo, no tenía ganas de hablar de género. Tenía ganas de ser filósofa, de mostrar otra faceta de mí. De alejarme de ese lugar teórico y práctico que me ha llevado a un mínimo reconocimiento. No me da miedo no ser reconocida. No me da miedo porque el movimiento está, siempre, dentro de mí. Sin embargo, estoy preparada para hablar al exterior y contar y expresarme. No para ser reconocida sino porque estoy convencida de que mi arte (aquí y ahora) sirve para algo. Cito a Sontag:


“Creo que estoy lista para empezar a escribir. Pensar con palabras, no con ideas”. 


Se acabaron los silencios…